sábado, 24 de febrero de 2018

Guerra eterna

Der größte Literat Frankreichs ergreift das Wort später: Richelieu hat den Ausgang Wallenstein acht Seiten seines Erinnerungswerkes gewidmet. Seiten voller Kenntnis, Verständnis und nachdenklicher Sympathie: "... endlich gewinnt im Herzen des Kaisers der Verdacht die Oberhand. Es ist das Schicksal der Minister, dass ihre Autorität schwankt und nicht bis zu ihrem Tode zu dauern pflegt; sei es, dass die Könige müde werden eines Menschen, dem sie schon soviel einräumten, dass keine Geschenke mehr zu Verfügung steht, sei es, dass sie scheel auf jene blicken, die in solchem Grad sich verdient gemacht haben, dass ihnen alles und alles gebührt, was zu schenken noch übrigblieb". Das Unheil, dem Autor selber mit knapper Not entging; der Andere nicht, Es ist die Rede vom Neid der hohem Offiziere, vom Hass der Spanier und ihrem gewaltigen Einfluss in Wien. "Sie lassen alles, was er tut, in düsterem Licht erschienen; geschieht etwas Unwillkommenes, so ist er schuld daran; geschieht etwas Erfreuliches, so ist er so großartig nicht und hatte jedenfalls noch besser sein können, wenn er nur gewollt hatte". Als wäre Richelieu dabeigewesen, bei jenem tragische Gespräch zwischen Wallenstein und Trautmansdorf am 27. November 1633. Er versteht Wallensteins Niedergang mit dem Blick des in allem Menschlichen Erfahrenen; den Pilsener Schluss als einen Akt bloßer Notwehr, der Rebellion nicht bedeutet, den Verrat der Italiener. "Er hatte Piccolomini aus dem Nichts zu hohem militärischen Rnag erhoben, ihn überhäuft mit Gütern und Ehren; darum baute er auf ihn und irrte, denn nicht jene, der wir uns am generösesten verpflichtet haben, sind die Treuen, sonder die Edelgeborenen, die Männer von Ehren und Tugend"... über den Mord. "Sonderbar ist es und der Menschen Schwäche offenbarend, dass unter allen jenem, die ihm Dank schuldeten, in der Stadt nicht einer bereit war, seinen Tod zu rächen; jeder fand erkünstelte Gründe, seine Schnödigkeit oder Feigheit zu verschleiern... Walllensteins Tod bleibt ein ungeheures Beispiel, sei es für die Undankbarkeit des Dienenden, sei es für die Grausamkeit des Herrn, denn in seinem an Gefährlichem Zwischenfällen so reichen Leben fand der Kaiser keinen Zweiten, dessen hilfreiche Dienste auch nur von ferne  an die ihm von Wallenstein geleisteten herangekommen wären"

Golo Mann, Wallenstein

El gran literato de Francia tomó la palabra más tarde. Richelieu dedicó al mutis de Wallenstein ocho páginas de sus memorias. Páginas llenas de sabiduría, comprensión y meditada simpatía: "... al final la sospecha cobró ventaja en el corazón del emperador. Es el destino de un ministro que su autoridad vacile y que no dure hasta su muerte; ya sea porque los reyes se cansen de un hombre, que tanto les les ha ahorrado y para el que ya no quedan favores que otorgarle; ya sea porque contemplen celosos a aquel que tan acreedor se ha hecho de ser recompensado, al que tanto ha contribuido a que se le colme aún más de honores." El infortunio, al que el autor mismo en la dura necesidad supo substraerse, mas el otro no, fue la la envidia de los altos mandos, el odio de los españoles y su poderosa influencia en Viena. "Todo lo que hizo, lo iluminaron con una luz descarnada. Si sucedía una desgracia, tenía la culpa, si sucedía algo favorable, no era tan magnífico y podía haber sido incluso mejor, si él lo hubiese consentido". Como si el propio Richelieu hubiera estado presente en aquella conversación trágica entre Wallenstein y Trautmansdorf del 27 de noviembre de 1633. Comprendía la caída de Wallenstein con la mirada de quién tiene experiencia en todo lo humano. La declaración de Pilsen era un acto de simple defensa, que no implicaba una rebelión. Sobre la traición de los italianos: "Él había elevado a Piccolomini al más alto rango militar, lo había abrumado con bienes y honores, construía sobre él y se equivocaba, porque no son fieles aquéllos con los que uno se ha empeñado con la mayor generosidad, sino los nacidos nobles, los hombres de virtud y honor...". Sobre el asesinato: "Es notable e indicativo de la debilidad humana, que nadie, en toda la ciudad, entre todos aquéllos que le debían gratitud, estuviese dispuesto a vengar su muerte. Todos encontraron elaboradas razones para velar su bajeza o cobardía... La muerte de Walllenstein es un ejemplo monstruoso, bien de la ingratitud de los subordinados, bien de la crueldad de los señores, porque en una vida tan rica en incidentes, como la del Emperador, nunca encontró otro que se acercase, ni de lejos, a lo que Wallenstein había llegado a conseguirles.

He querido copiar in extenso el epitafio que el cardenal Richeliu dedicó a Wallenstein en sus memorias porque ambos fueron enemigos mortales. Sólo un animal político de primera categoría como el gobernante francés, sabedor de los peligros que acarreaba el servicio de los reyes, podía juzgar con tanta claridad la trayectoria de su oponente alemán. Y además hacerlo sin animosidad, incluso con simpatía.

Pero claro, a estas alturas se estarán preguntando ¿quién era Wallenstein? ¿Por qué un escritor como Golo Mann, hijo de Thomas Mann, le dedica una biografía de 1000 páginas? ¿Por qué su figura ha pasado a formar parte de la cultura alemana?

sábado, 17 de febrero de 2018

Los bajos fondos


Ya van muchas veces que les he contado lo muy agradecido que estoy a la fundación Mapfre por sus exposiciones de fotografía. Aunque me apasiona ese arte, para mí su historia es una auténtica terra incognita, ignorancia que estas exposiciones han venido a colmar un tanto. Lástima que mi memoria ya no sea lo que era. Al cabo de unos días se me han olvidado los nombres de los fotógrafos cuya obra he visto, sin importar el impacto que hayan producido en mí. Los espacios en blanco en los mapas vuelven así a reconstruirse.

La última que he podido ver, abierta apenas hace unas semanas, está dedicada al fotógrafo holandés Ed van der Elsken. Fallecido en 1990, su carrera le llevó de un extremo a otro del mundo, de manera que su obra tiene mucho de estudio antropológico. Sin embargo, hay un rasgo característico que le diferencia de un mero registro científico: su involucración con las personas que fotografía. Al ver sus fotos es evidente que Elsken compartió con ellos su vida y sus vivencias, sin distancias, ni mucho menos prejuicios. Cercanía que tampoco es particular suya, a menos que se repare en que los ambientes que retrata suelen pertenecer a lo que antaño se denominaba "bajos fondos". La vida de los sectores marginales de la sociedad, sea por razón de su carácter bohemio, su pobreza o su implantación criminal.

Hasta ahí llegaría mi introducción. Me quedaría solamente indicarles cuál fue mi impresión sobre la exposición y qué me han sugerido las fotografías expuestas. Sin embargo, esta vez quisiera contarles algo distinto, ya que esta muestra se diferencia de otras anteriores en dos aspectos principales. El primero, corresponde a la "génesis" del arte de Elsken. Suele ocurrir que este origen queda oculto, invisible, o que si se trasluce en la obra expuesta, pase sin comentario alguno. Así ocurría, por ejemplo, en la muy reciente muestra dedicada a Nixon, donde la fotografías iniciales de paisajes urbanos desiertos eran substituidas por retratos de grupo, sin razón aparente, ni comentario alguno. 

En el caso de esta muestra, por el contrario, se marca el momento, el lugar e incluso la persona que provocó el cambio de óptica en la obra de Elsken. Fue en Paris, en 1950, y la "musa", aunque no me gusta esa palabra en ese contexto, fue la artista australiana Vali Miers. Ella le introdujo en los ambientes bohemios de postguerra, habitados por una juventud que buscaba olvidar el horror del conflicto a base de alcohol, sexo y jazz, para luego convertirse en protagonista absoluta de su primer libro de fotografías importante, Amor en la ribera izquierda. De las fotos es evidente la fascinación que Elsken sentía por Myers, así como la complicidad que existía entre ellos. Sin embargo, a pesar de de esta química y de la importancia en la carrera de Elsken, Myers no vuelve a aparecer en el resto de la exposición, que guarda absoluto silencio sobre ella. Gracias que existen Internet y Google, que si no, no hubiera sabido del papel central de Myers en la contracultura de las décadas siguientes, mucho menos de su obra dibujística.

El otro punto no es menos importante. En las últimas décadas de su vida, Elsken comenzó a dejar a un lado la fotografía para embarcarse en el cine. Sus películas eran una mezcla de documental y diario visual, hasta tal punto que su última obra fue, precisamente, el registro fílmico de su muerte por cáncer. Como suele ocurrir en estos casos, la exposición calla el porqué de ese giro, quizás se relate en el catálogo, pero tengo la impresión de que no es muy difícil imaginarlo. En alguien tan interesado, hasta casi la obsesión, por reproducir la vida de sectores sociales que habitaban en la penumbra, la fotografía debía parecerle una herramienta incompleta. La captura fotográfica de un momento aislado le impedía mostrar, en toda su extensión, lo que podría suponer, por ejemplo, una noche de bohemia, así como las idiosincrasias y manías de los participantes. Quedaban así reducidos a meros maniquíes en un decorado, en vez de personas de carne y hueso.

Puedo equivocarme, eso por descontado. Seguramente me equivocaré, para lo que hay una razón muy clara: no he podido ver casi ninguna las películas que la muestra proyecta en bucle continuo. Para ello necesitaría varias horas, de las que no disponía en ese momento, y que no sé si podré encontrar en la próxima visita. Ése, y no otro, es el gran problema de toda exposición centrada en la cinematografía, al final es como si esas obras, esos cortos y largos, nunca hubieran sido expuestos. Nadie hará el esfuerzo de detenerse a mirarlos.

De darles una oportunidad.


jueves, 15 de febrero de 2018

La gran revolución

¿Podemos acaso sorprendernos de que los iraníes se sublevaran y destruyeran ese modelo del desarrollo a costa de enormes sacrificios? Lo hicieron no porque fueran ignorantes y atrasados (me refiero al pueblo, no a cuatro fanáticos enloquecidos) sino, por el contrario, porque eran sabios e inteligentes y porque comprendían lo que estaba ocurriendo a su alrededor. Comprendían que unos años más de esta Civilización y no habría aire para respirar e incluso dejarían de existir como nación. La lucha contra el sha (es decir, contra la dictadura) no sólo la llevaron Jomeini y los mulás. Así lo presentaba (muy habilmente) la propaganda de la Savak: los ignorantes estaban destruyendo la obra progresista del Shá. ¡No! Esta lucha fue llevada a cabo sobre todo por los que estaban al lado de la sabiduría, la conciencia, el honor, la honestidad y el patriotismo. Los obreros, los escritores, los estudiantes y los científicos. Ellos eran, antes que nadie, quienes morían en las cárceles de la Savak y los primeros en coger las armas para luchar contra la dictadura. Y es que la Gran Civilización se desarrolló desde el principio acompañada de dos fenómenos que alcanzaron grados nunca vistos en ese país: por un lado el aumento de la represión policial y del terror ejercido por la tiranía, y por otro, un número cada vez más alto de huelgas obreras y estudiantes así como el surgimiento de una fuerte guerrilla. Son sus jefes los fedayines del Irán (que, por lo demás, no tenían nada que ver con los mulás; muy al contrario, éstos los combaten)

Ryszard Kapúscinsky, El Shah o la desmesura del poder.

Les puede sonar raro, pero a medida que pasan los años, 1979 me parece una fecha trascendental en la historia contemporánea. Ése fue el año de la Revolución Islámica en Irán, que en su momento no fue considerado  más importante que otro sobresalto cualquiera de la Guerra Fría, librada entre los EEUU y la URSS.  Otra jugada más la larga y tensa partida de ajedrez que duraba ya treinta años y que parecía saldarse, una vez más, con una derrota de la superpotencia occidental. Otro país de Asia salía de su órbita, como había ocurrido con Vietnam del Sur, con el agravante de que esta vez se trataba de uno de los principales productores de petróleo mundiales. Una amenaza directa, por tanto, contra los fundamentos económicos del mundo occidental, apenas unos años tras el plante de la OPEP y el inicio de la crisis del petróleo de 1973. Irán, y en general todo el ámbito mesopotámico-iraní parecía a punto de caer bajo la esfera de una URSS que ya dominaba el Asia Central y que quizás por ello se sintió tan envalentonada como para intervenir en Afganistan, a finales de 1979.

Sin embargo, lo que sucedió fue algo muy distinto, tanto que ha terminado por definir nuestro presente turbulento. Al gobierno represivo y asesino del Sha, proccidental y aliado leal de los EEUU - y de las petroleras - no le sucedió un régimen comunista, ya fuera soviético o maoísta, como había sido la regla de todas las revoluciones del tercer mundo en las décadas sucesivas. Su heredero fue otra dictadura, pero de un signo que no se había visto hasta entonces, una teocracia militante que en el espacio de una década eliminó sus enemigos de cualquier signo, desde los sectores más liberales y occidentalizados al partido Comunista Tudeh, para embarcarse en guerras e intervenciones extranjeras. Como si fuera una nueva revolución Francesa, sólo que de signo religioso, a quien la amenaza exterior obligaba a extender la revolución entre sus vecinos para asegurar su estabilidad interna.

sábado, 10 de febrero de 2018

El viejo y los jóvenes


André Derain, Naturaleza Muerta

Se acaba de abrir, en la Fundación Mapfre madrileña, una exposición de titulo Derain, Balthus, Giacometti, una amistad entre artistas. El punto de partida no deja de ser interesante, ya que señala un hecho no muy conocido para el aficionado medio, la amistad íntima que unió desde finales de los años 20 al viejo maestro fauve, Derain, y dos artistas jovenes, Balthus y Giacometti, quienes llegarían a convertirse en figuras imprescindibles de la vanguardia. Asímismo, la muestra insinúa que la obra de Derain tuvo una fuerte influencia en los periodos formativos de los otros dos artistas jóvenes, lo que podría llevar a considerarlos como discípulos suyos, con todas las reservas que se quiera.

En mi opinión, éste último punto es una de las dos debilidades de la exposición. Esa influencia podría aceptarse a regañadientes para Balthus, puesto que tanto él como Derain eran pintores realistas con pasión por la pintura del quatrocento italiano. Un estilo del que toman esa rigidez racional y geométrica tan característica de Piero de la Francesca. Tan cerca están, en ocasiones, que me ocurrió lo siguiente. Mientras visitaba la muestra jugué a intentar adivinar la autoría de las obras y adjudique algunos Derain a Balthus, precisamente aquéllas obras más renacentistas. Sin embargo, esa supuesta entrega de testigo de Derain no tiene sentido alguno en el caso de Giacometti. Su estilo es tan distinto que disuena fuertemente cuando la muestra lo coloca junto con los otros dos. Sin contar con que su  propia obra en los años 30 era cualquier cosa menos realista, una mezcla de surrealismo abstracto, que a su vez disuena con su producción posterior de postguerra, la más conocida y emblemática.

sábado, 3 de febrero de 2018

El signo de los tiempos


Le aviso con antelación, para que no se me asusten: A mí, Andy Warhol me aburre.

No es porque no me guste el Pop Art. Al contrario. Dos artistas por los que siento gran admiración son Robert Rauschenberg y Richard Hamilton. Sus obras me parecen plenas de significado, pertinentes en su visión ácida de un siglo en el que sólo importa la publicidad y la comercialidad, el aparentar y el saber venderse al mejor precio. Sin contar con que ambos consumieron sus carreras en buscarse a sí mismos, proceso en el que se reinventaron varias veces. Con mayor o menor fortuna, cierto, pero siempre buscando en ese riesgo la fuente de su creatividad. De su integridad, podemos decir.

Warhol por el contrario me parece un artista que encontró una fórmula, al principio de su carrera, y ahí se quedó, repitiéndola hasta el hastío y la irrelevancia, copiándose a sí mismo sin reparos ni vergüenza. Impresión que no se ha visto contradicha durante mi visita, esta mañana, a la muestra que se acaba de abrir en el CaixaForum Madrileno, de nombre Warhol: El arte mecánico. Todo lo contrario, más bien se ha visto reformada y confirmada. Aún más por su conjunción con la exposición sobre Chirico que se puede ver en el mismo edificio, ya que este pintor es otro artista cuya obra se quedó congelada en un estilo muy particular. Mejor dicho, que no supo evolucionar, de manera que sus cuadros sólo me gustan cuando se retoma a su modo antigo, casi autoplagiándose.

Me podrán decir que ahí precisamente está la gracia. Que el descubrimiento de la serie infinita, unida a la eliminación de todo significado intera, fuera del de reproducción de iconos popularwes, es una conquista estética de primera categoría. Especialmente apropiada, incluso más que en los sesenta, para un tiempo como el nuestro, donde cualguier intento de gradación, de categorización de lo importante frente a lo intranscendente desde un punto de vista estético, se ha vuelto estéril. Es más, se mira con sospecha, bien como intento de imposición, bien como ejercicio de presunción. Y les tendré que dar la razón. Porque Warhol es una de las personalidades decisivas en el arte occidental de la segunda mitad del siglo XX. Aunque no nos guste. Ni él, ni el mundo en que nos vemos forzados a habitar.

martes, 30 de enero de 2018

Los recuerdos y la imaginación

Recuerdo un libro que preparé para un inspector extraordinario y plenipotenciario. Cada página estaba coloreada con un tono distinto. Lo recuerdo presentando la primera hoja, sin duda ante los funcionarios inferiores, una página con sólo dos sellos triangulares. Los guardas de las puertas abrían los pernos a regañadientes.  Y luego, con un leve giro, mostraba la segunda hoja, en verde, ahora frente a los rígidos funcionarios. Luego, en la mesa del cuartel de guardia arrojaba la tercera y cuarta página, de un blanco deslumbrante, con el gran sello redondo, rojo sangre. Lo miraban atentamente, temblando, y saludaban mientras el hombre avanzaba hasta la puerta principal, donde estaba el Guardián General de las Puertas, que un momento antes permanecía inaccesible, metido en un uniforme bellamente adornado con gotas de oro, en ese momento empapado en sudor por el celo oficial puesto en la tarea, y el sonido de la cerradura abriéndose y mezclándose con el tintineo de las medallas sobre su pecho. Y el anciano es una imagen militar, alzando su brillante espada, honrando no a la persona que cruza el umbral sino al documento que el emisario lleva en mano. ¡Que delicia el pensamiento de ese trasiego maravilloso de los salvoconductos, esas crecientes dosis de "poder perfectamente legal"! ¡Ni las escenas de batallas de Sienkiewicz, ni ningún rugido de cañones podrían igualar jamás el murmullo de los Cupones de Poder colocados sobre la mesa gris entre los muros grises del castillo! No puedo llegar a comprender la magia oculta en el Gran Sello, pues en su centro reposa el mismísimo Signo Secreto, esto es, un "código sin clave", lo que significa que quien lo lleva tiene que ser un emisario del Innombrable.

Stanislaw Lem, El castillo alto.

Ya sabrán de mi profunda admiración por Stanislaw Lem. Le considero como uno de los grandes de la literatura del siglo XX, opinión que no está más extendida, me temo, debido a su catalogación como autor de ciencia ficción. Un genero en el que pueden encuadrarse la mayoría de sus obras, pero en el que encaja mal, dada su tendencia a sobrepasarlo y transcenderlo. De hecho, siempre fue una presencia excéntrica en ese mundo, alejado de la tendencia al travestismo que lastra la mayor parte de la ciencia-ficción occidental, a la que que criticó sin piedad. Antes incluso de la decadencia reciente del género, que poco a poco ha ido derivando en fantasía con toques tecnológicos o space-opera que recicla el género de aventuras.

Por el contrario, Lem siempre perteneció a la sección más "dura" del genero, aquélla que pretendía desarrollar los problemas morales y sociales que se suponía acarrearían los avances tecnológicos, intentando plasmarlos con lógica férrea y una coherencia no menos sólida. Las obras de Lem, por tanto, siempre pueden reescribirse como ensayos filosóficos  puros - una de sus obras más importantes, Summa Technologia, es precisamente esto -, cuya peripecias narrativas son la ilustración de esos dilemas y de las consecuencias que de ellos derivarían. De ahí, precisamente, surge el mayor defecto de la obra de Lem, la debilidad de sus personajes, meros vehículos para el desarrollo de sus tesis, pero esto se ve compensado por dos virtudes esenciales. Primero, sus dotes para inventar mundos complejos, laberínticos y aún así coherentes, cuyos detalles es capaz de describir con intensidad casi obsesiva, hasta hacerlos plausibles. Hasta conseguir, en definitiva, que podamos verlos. El segundo, ser capaz de seguir el desarrollo lógico de sus postulados hasta el propio absurdo, sin permitirse trampas ni traiciones, sino resaltando y remachando las contradicciones en ellos ocultos. 

Especialmente aquéllas que no somos capaces de ver. O no queremos.

martes, 23 de enero de 2018

Tiempos de cambio

Or, les chevaliers avaient reçu de Dieu lui même la vocation de combattre., Où allaient-ils  porter leurs coups? Contre les infidèles. Il devient peu à peu clair que, dans le mouvement de purification où la imminence de la fin des temps vient d'engager la chrétienté d'Occident, seule la guerre sainte est licite. Au peuple de Dieu qui s'avance vers la Terre Sainte, il importe d'avoir apaisé toutes ses discordes intestines; il doit cheminer dans la paix. Mais à sa tête, le corps de ses guerriers ouvre sa marche; il disperse par sa vaillance les sectateurs du Malin. Au lendemain du millénaire, la chevalerie d'Occident résiste aux bandes de pillards qui sortent des pays sarrasins, elle les pourchasse, elle les vainc et, dans de tels succès, sauve son âme.

Georges Duby, L'An mil

Porque los caballeros habían recibido del mismo Dios la misión de combatir. ¿Dónde iban a dar rienda suelta a sus golpes? Contra los infieles. Se torna claro poco a poco que, dentro del movimiento de purificación en el que la inminencia del fin de los tiempos acaba de poseer a la Cristiandad Occidental, sólo es lícita la guerra santa. Al pueblo de Dios que marcha hacia la Tierra Santa, le importa haber apaciguado todas sus discordias intestinas: debe marchar en paz. Pero a su cabeza, los guerreros abren el camino. Ellos dispersan con su valor a los seguidores del Maligno. Al día siguiente del milenario, la caballería de occidente resiste las bandas de saqueadores que salen de los países sarracenos, los persigue, los vence y, con ese éxito, salva su alma.

Les adelanto que la lectura de esta obra de Duby me ha defraudado bastante. Más incluso de lo que debiera, puesto que hay que reconocer que el enfoque utilizado por este historiador para analizarlo es bastante poco corriente. Duby intenta darnos una visión lo más próxima y sin distorsiones de las décadas a ambos lados del año mil, para lo que inserta largos extractos de los anales y crónicas contemporáneas, comentadas por apenas unas pocas y breves explicaciones. El objetivo es que escuchemos la voz de la gente de ese tiempo sin intermediarios, que lleguemos a comprender su mentalidad, incluso a compartir sus afanes. Sin embargo, por razones que ya veremos, me da la impresión de que el autor no llega a lograr sus propósitos, a lo que hay que añadir que el libro no ha respondido a mis expectativas. Desavenencia de la que Duby no tiene ninguna culpa, vaya por adelantado.

¿Y por que no ha conseguido cumplir con lo que yo esperaba? Digamos que me esperaba un relato más detallado de los múltiples cambios que ocurrieron en este periodo. Más orientado también a resolver y explicar el misterio de un persistente mito histórico, el mismo que inspira el nombre de libro. Según esa leyenda, la cristiandad occidental habría atravesado un periodo de terror colectivo en las décadas a ambos lados del año 1000. Se esperaba, se nos dice, una inminente segunda venida de Cristo con su correspondiente apocalipisis, que bien tendría que haber tendido lugar en el milenario de su nacimiento, ese año mil al que se refiere el libro, o bien en el de su muerte, en el 1033. El milenio que se cumplía en esas fechas sería además el mileno al que se refería el apocalipsis, al cual habría de suceder otro milenio más, de triunfo del cristo resucitado, hasta la batalla final que culminaría con la derrota definitiva de Satán y los demonios.

domingo, 21 de enero de 2018

La lista de Beltesassar (CXCI): Spin (Giro 2002) Han Hoogerbrugge

Como todos los domingos, continúo con mi revisión de la lista de cortos animados realizada por el misterioso profesor Beltesassar. Esta vez ha llegado el turno de Spin (Giro),  corto dirigido en 2002 por el artista de vanguardia Han Hoogerbrugge.

Si me refiero a Hoogerbrugge como artista de vanguardia es porque su obra se sitúa en esas zonas limítrofes que separan las diferentes artes visuales. Se trata de espacios aún por cartografiar y que reciben nombres tan dispares e insatisfactorios como vídeo-arte o arte digital. En ellos, los artistas intentan encontrar lo que en sus artes de partida es inalcanzable o se encuentra oculto por espesas capas de convenciones y sobreentendidos. No se trata de una postura nueva, propia de la disolución de la modernidad y las muchos mestizajes propiciados por el posmodernismo, sino que pertenece a los propios orígenes de la vanguardia. Ése es el caso, por ejemplo, de Oskar Fischinger, quien en los años veinte utilizó la animación para plasmar los postulados de la abstracción que estaban vedados a la pintura. Tal es el caso también, aunque mucho más reciente, de William Kentridge, cuyo arte habita en la encrucijada entre teatro, pintura y animación, formas que utiliza de manera eminentemente política, como recuerdo y denuncia permanente de los muchos horrores del siglo pasado.

De esa manera, Spin es al mismo tiempo un corto de animación y no lo es. Lo es, en la medida que incluye secciones animadas en forma de bucle sin fin; no lo es, en tanto requiere la intervención del espectador para continuar y salir de esos callejones sin salida. El corto podría quedar así eternamente prisionero de si mismo, suspendido en un movimiento perpetuo inconcluso, o insertarse como segmento en una cadena aún mayor, puesto que la última interacción nos vuelve a colocar al mismo tiempo al principio. Bucles dentro de bucles dentro de bucles que no se limitan a mera broma o floritura tecnológica, sino que también incluyen su vertiente de critica social. Ocurre que cada uno de esos bucles sin término ilustran uno de nuestros pozos sociales cotidianos, sean estos el entretenimiento superficial basado en la repetición continua de los mismos estereotipos, la adoración de músicas que nos prometen rebelión, pero solo confirman el sistema, o la búsqueda del más sobre más sobre más en nuestro medios de transporte privados.

Repetición tras repetición que conforman nuestros días y que los tornan indistinguibles los unos de los otros, a pesar de nuestras protestas y anuncios de variedad y aventura, de tornar cada día en un nuevo desafío, del cual habrán de depararse, con toda seguridad, recompensas sin cuento. Así lo proclamamos, pero nunca es así, pues lo único que encontramos al final del camino es tedio y hastío, fracaso y amargura. Spin constituiría así una constatación de los muchos engaños y mentiras con los que nos protegemos, pero cabe una pregunta: ¿Sirve para algo esta denuncia? Cuestión que se extiende a todo el arte actual, tan preocupado por abandonar cualquier búsqueda tendiente a representar una belleza en la que no se cree, mientras prima un afán por el mensaje político, siempre con propósito de reforma, cuando no revolución.

Lo cierto que este arte del concepto no es visto por el gran público, mientras que el poco que tiene repercusión enseguida es olvidado. Incluso el que no se olvida y pasa a formar parte de una suerte de canon pudorosamente desprovisto de ese nombre, queda emasculado de cualquier posibilidad de repercusión por sus propio hermetismo simbólico, agravado por las muchas capas de exégesis erudita con que se le envuelve y, no menos importante ni menos decisivo, por devenir prisionero de un museo. Esos lugares donde, ya saben, la gente vaga sin rumbo, casi obligada, sin tener muy claro cuál es la finalidad de contemplar esos objetos ni por qué deberían gustarle.

Y como prueba basta que reparen que no he incluido capturas de este corto, ni el habitual enlace a una plataforma de "streaming". El formato, sfw, en el que está mi copia no permite que mis reproductores obtengan imágenes de ellos, mientras que mis búsquedas no han conseguido encontrar un enlace a ese corto.

Cine invisible, en verdad

jueves, 18 de enero de 2018

Cuando se deja de pertenecer... (y IV)

A medida que pasa el tiempo, más inútil me parece esta serie de entradas.

Recordarán que la comencé a modo de reflexión sobre mi vida, tras casi perderla hace un año. Era un intento de reconciliar lo que soy con lo que quise ser y hacer, de anotar mi decadencia y mi extravío, la manera en que iba perdiendo sentido incluso lo que más amo y estimo. Mi esperanza era encontrar luz, un camino, un medio que me permitiese salir del callejón sin salida en el que yo mismo me he introducido, pero ese afán era claramente vano, incluso presuntuoso. Se necesitaba algo más, un cambio profundo y definitivo, junto con las fuerzas para perseguirlo y perseverar. Algo que no me iba a ser conferido por un casual y pasajero roce con la muerte.

Así que esta será la última meditación en esa línea y volveremos a lo que es habitual en este blog, las divagaciones superficiales con poco fundamento sobre temas artísticos, cinematográficos, literarios e históricos. Una inclinación que, no se lo oculto, aparte del mero hecho de llevar un diario público de impresiones y encuentros,  tenía un punto de soberbia: la de convertirse en un blog de referencia o al menos un lugar admirado y frecuentado. No ha sido así por razones obvias, la más importante la falta de substancia. Mejor dicho de datos que realmente amplíen lo ya archisabido, carencia que no se puede suplir con entusiasmo ni una expresión retorcida y alambicada. 

Sin embargo, antes de cerrar esta serie, sí quería acercarme a un punto que tiene particular importancia en la historia de este blog y la de mis gustos personales: la desaparición casi completa de las entradas dedicadas al anime, antaño casi semanales, siempre colmadas de elogios y admiración.