martes, 18 de julio de 2017

Ven y mira (VI)























Si se buscan hechos definitorios del siglo XX, la bomba atómica y el holocausto figurarían entre los primeros. El primero, por marcar el momento histórico a partir del que que toda guerra global acabaría por desembocar, más tarde o más temprano, en exterminio completo de la población mundial; el segundo, por mostrar hasta que punto las herramientas del estado, los organismos de la civilización, podían ponerse al servicio de la intolerancia y la ignorancia para hacer posible el exterminio de poblaciones enteras. Ambos, por continuar influyendo en nuestro presente y nuestro futuro, como vías posibles en las que se recaería inevitablemente en cuanto se disminuyera la vigilancia.

Llama la atención, por tanto, que apenas existan documentales sobre el holocausto, fuera de los noticiarios realizados en tiempo de guerra. El que ha terminado por ser el más famoso, el Shoah de Claude Lanzmann, junto con sus muchos apéndices, se caracteriza además por carecer de toda imagen documental, como si aquel innombrable hubiera transcurrido en un pasado remoto, casi inescrutable, al que sólo se pudiera acceder mediante la palabra. Unas narraciones orales cada vez más frágiles, más distorsionadas y confusas, en continuo peligro de ser dañadas por refutaciones interesadas, inermes ante la pronta muerte de los que fueron testigos y sobrevivieron.

No es de extrañar, por tanto, que un documental como el German Concentration Camp Factual Survey (1945) de Sidney Berstein, compuesto de imágenes documentales tomadas durante la liberación de los campos, adquiera un carácter alucinatorio, de pesadilla asfixiante. Por un instante, nos vemos sumergidos en la atmósfera atroz de los campos, enfrentados a la visión directa de un sufrimiento que, jamás, ni siquiera por vía de la ficción hubiéramos sido capaces de imaginar. Lo mismo ocurre con Nuit et Brouillard (Noche y Niebla, 1953), de Alain Resnais, el documental que he visto este fin de semana. Al igual que hizo Bernstein, esta obra recurre a un copioso material de archivo para hacernos viajar hacia los campos, como si fuéramos un deportado más.

Y sin embargo entre ambas obras media un abismo conceptual. El propio nombre Nuit et Brouillard hace referencia a un decreto del OKW, el alto estado mayor alemán, en el que se ordenaba que todo opositor al sistema nazi, en cualquier país ocupado, debía desvanecerse en "la Noche y Niebla de lo desconocido". Sin embargo, más allá de esta referencia, la noche y niebla también alude a otra desaparición, otro desvanecimiento en la nada. Precisamente el mismo que motivó que Lanzmann se embarcase en la obra titánica que supuso su Shoah.

Porque el olvido poco a poco va carcomiendo el recuerdo de esos hechos abyectos. Y mucho peor que el olvido, la idea corrosiva de que esos sucesos, esas atrocidades, no tienen que ver con nuestro presente. Que ya no pueden ocurrir, que fueron cometidos, y tolerados, por personas con las que no tenemos relación alguna. Que sus víctimas son completos extraños, cuyo sufrimiento no nos mueve a compasión, mucho peor, nos molesta y nos enfada en nuestros entretenimientos cotidianas.

La urgencia de Nuit et Brouillard, porque se trata de una película con una misión y un empeño, es precisamente derribar esa barrera de indiferencia complaciente. Como no puede llevarnos al pasado y hacernos experimentar las penalidades de los prisioneros, como los nazis se esforzaron en borrar todas las pruebas, incluso las cinematográficas, no le queda otro remedio que llevarnos a contemplar lo que queda de los campos en la actualidad. En su presente y en el nuestro. Como prueba y muestra de un horror del que aún quedan huellas y del que las escasas fotografías, los pequeños fragmentos filmados no son sino pálidos reflejos.

No obstante, no se queda ahí, en esa labor probatoria. La idea central es que cualquiera de nosotros podíamos haber sido una víctima del horror nazi, que se dirigía contra toda la humanidad, sin excepción. Cada uno de los prisioneros de los campos, fue, como nosotros, una persona más, anónima y desconocida, dedicada a sus asuntos, perdida en la multitud, excepto por ese dedo de la tiranía que lo eligió entre la masa y lo arrojó al infierno en la tierra que fueron los campos de concentración. Para ser gaseado nada más llegar, para ser torturado sin compasión, para trabajar como un animal. Para morir, en fin, de mil y una formas distintas, todas humillantes, todas crueles, todas absurdas y sin sentido.

O pero aún. Porque podría haber ocurrido que el destino nos hubiera convertido en torturadores. Que en nombre de la patria, de nuestras ideas, de nuestro pueblo, hubiéramos colaborado con entusiasmo en el exterminio de los otros, los enemigos, los indignos, todos aquéllos que no merecen el nombre de seres humanos. O que hubiéramos consentido en esos hechos con nuestra inacción, procurando no mancharnos por su horror, permaneciendo ignorantes incluso aunque ocurrieran bajo nuestras ventanas, en nuestra misma puerta.

Entonces y ahora. Porque los exterminios, las atrocidades, continúan y nosotros continuamos pretendiendo inocencia, justificando los desmanes.

En nombre de la justicia, la paz y el orden.











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